La Historia, cualquier Historia, está poblada de personajes que, por azar o por destino, han tejido los hilos de lo que somos y cómo somos. No quiero con ello desdeñar la intrahistoria, la hazaña cotidiana de la gente anónima que, a la postre, marca el rumbo de un pueblo. Pero dentro del relato de nuestro pasado aparece siempre grandes hombres (y mujeres), héroes o villanos, que parecen marcar un punto de inflexión en los acontecimientos y a los que hacemos responsables -para bien o para mal- de lo que hemos llegado a ser colectivamente. Que uno de estos grandes personajes sea considerado héroe o villano se debe, muchas veces, a factores circunstanciales, a la influencia de sus biógrafos o al resultado de sus gestas (la historia la escriben los vencedores, se suele decir) y las más de las veces cuando los historiadores realizan un estudio profundo, desapasionado y objetivo del personaje suelen concluir que casi nada es blanco o negro y que la vida de estos grandes hombres, como la de cualquiera de nosotros, tiene miles de matices y claroscuros.
Uno de estos personajes de la historia local y regional de Murcia es Antonio Gálvez Arce -Antonete Gálvez- líder del movimiento cantonal en la Región que, a la postre, fue el único que se mantuvo activo durante algunos meses en España y mostró cierta resistencia a las fuerzas centralistas. A pesar del carácter cómico y caricaturesco que podamos atribuir al cantonalismo (episodios como la “declaración de guerra” a Alemania o la solicitud de adhesión a los EEUU no ayudan a tomarlo muy en serio), lo cierto es que la gesta de este labrador de Torreagüera que levantó en armas un ejército de huertanos en zaraguelles daría para mucho en cualquier otra región menos acomplejada de nuestro territorio nacional. Ciertamente no se sustrae la figura de Antonete Gálvez a la polémica, aún más de cien años después de su muerte en 1898 ya que mientras unos, con razón, lo tildarán de bandolero facineroso y postromántico, otros resaltarán su lucha por configurar el antiguo Reino de Murcia como una entidad política dentro de un estado plurinacional o como adalid de la reivindicación de los ciudadanos frente a las castas dominantes, y no les faltará razón. Habrá incluso quien recuerde su decidida participación en ayuda de los afectados por la epidemia de cólera que sufrió la Región de Murcia en 1875.
Tampoco el propio movimiento cantonal está exento de crítica y de la deformación histórica. El Cantón Murciano se declaró, en el contexto de la Primera República que promovía un estado federal, en numerosos municipios de la Región en julio de 1873 (con la excepción de Lorca que permaneció ajena a la revolución). Según los estudiosos (JB Vilar Ramírez, A. Pérez Crespo, entre otros) el cantonalismo no se planteó en ningún momento un movimiento localista cartagenero sino un proceso descentralizador que englobaba a toda el sureste bajo el nombre de “Cantón Murciano”. De hecho la propia Junta Revolucionaria de Salvación Pública constituida en Cartagena para la proclamación del cantón reclamó al gobierno central “que se lleve a efecto la formación del Cantón Murciano”. Bien es cierto que las exiguas fuerzas cantonales del resto de la Región fueron sometidas poco después del levantamiento cuando trataban de marchar sobre Madrid, quedando reducida la batalla durante meses al ámbito local de Cartagena, cuyo carácter de plaza fuerte y la adhesión de la escuadra al alzamiento le permitió resistir hasta enero de 1874.
Pero la Historia no está para juzgar a los personajes sino para conocerlos y analizar sus acciones dentro del contexto político, social, ideológico y económico en que se desenvolvieron. Cuando se habla en España, con afán revanchista, de “memoria histórica” siempre vuelvo la mirada a otros pueblos vecinos en los que sus ciudadanos son capaces de respetar como parte de su pasado de manera simultánea el Palacio de Versalles, la plaza de la guillotina (hoy de la concordia), el arco de triunfo o la tumba de Napoleón en los Inválidos, todo formando un collage que los franceses llaman Grandeur y que no es otra cosa que su Historia.
En 1998, con la lentitud que caracteriza a estas cosas, el Ayuntamiento de Murcia nombró a Antonete Gálvez “hijo predilecto” de la Ciudad de Murcia, pero ello no impide que su nombre sea apenas una avenida cercana a la Universidad para muchos vecinos. A pocos kilómetros del centro, en Torreagüera, se alzan aún, junto a una palmera, algunos restos de la que fuera casa familiar de Antonete, enmarcados en el llamado Huerto de San Blas, unas tierras que pertenecieron a la Orden de San Juan de Dios hasta la desamortización.
En el año 2015 el Ayuntamiento de Murcia debatió la posibilidad de musealizar el entorno y crear un recurso turístico a partir de los restos. El informe de la Concejalía de Urbanismo concluía que sería necesario un millón de euros para realizar el proyecto y que, concluía el Concejal según noticia de la Verdad, los restos son una «cochambre residual de lo que fue una casa de huerta» por lo que también se propuso demoler el edificio, aunque ello no es posible dado el carácter de bien cultural protegido.
Una, en su ignorancia, no alcanza a comprender cómo una actividad como el turismo, que representa el 7% del PIB regional y que genera directa o indirectamente el 13% del empleo, no concita mayores esfuerzos por parte de nuestras administraciones.