Ya lo dijo Ortega, cada uno de nosotros está constituido por lo que es y por su circunstancia. Todo lo que nos rodea, nuestra historia, nuestra experiencia vital forma parte íntima de nuestra personalidad. Hasta el punto de que no puede entenderse lo que somos sin conocer lo que fuimos. Como dice un proverbio inglés, antes de criticar a una persona, camina un quilómetro con sus zapatos.
Los pueblos son como las personas y también a ellos se puede aplicar la visión orteguiana. Nuestra sociedad actual, sus virtudes y sus defectos, es fruto de nuestro pasado, de nuestras gestas y miserias, de nuestras heridas. El patrimonio histórico cultural está formado por aquellos bienes de nuestro pasado que han contribuido, de manera decisiva a hacernos como somos. Y es testigo mudo de la Historia.
En toda España hay bienes en peligro de inmediata desaparición. Castillos, yacimientos, edificios y tesoros que, si alguien no lo remedia, serán desconocidos para nuestros hijos.
Yo no sé si en Murcia tenemos más o menos que en otros sitios. Es cierto que buena parte de nuestros monumentos fueron destruidos a lo largo del siglo XX. Pero aún nos quedan tesoros por descubrir. La Asociación Hispania Nostra documenta cerca de 25 monumentos de la Región en su Lista Roja de Patrimonio. Se trata de un mapa nacional que recoge elementos del Patrimonio Cultural Español que se encuentren sometidos a riesgo de desaparición, destrucción o alteración esencial de sus valores. El Castillo de la Asomada, el yacimiento de San Esteban, el monte Miral o el Monasterio de San Ginés de la Jara son algunos de los yacimientos que se reseñan en la lista de la ignominia. Pero hay mucho más. La Cueva de la Victoria (en el propio monte Miral, junto a San Ginés) que posiblemente albergue los restos humanos más antiguos de Europa, los yacimientos romanos e íberos en el Mar Menor, las Amoladeras, el baptisterio y la basílica paleocristiana de Algezares, Monteagudo con sus tres castillos árabes, el Martyrium de la Alberca, la Cueva Negra de Fortuna, la ciudad de Begastri o las pinturas rupestres de Cieza, Jumilla y Moratalla, son monumentos de incalculable valor que merecen ser protegidos y transformados en recursos turísticos.
Hasta cierto punto es algo comprensible en países con tanto patrimonio. Mantener los bienes culturales cuesta mucho dinero y en tiempos de crisis es natural que se destinen recursos a otras prioridades. Pero no se trata sólo de eso. La inversión se rige muchas veces por la expectativa de rendimiento económico de la inversión. Uno espera que los gestores públicos destinen el dinero sin pensar únicamente en la rentabilidad, pero sería absurdo negar que todos vemos con mejores ojos los desembolsos de dinero público cuando tenemos la certeza de que eso va a redundar en una mejora de la calidad de vida, del empleo y del bienestar de los ciudadanos. Y este es el punto que yo creo que nos falta a murcianos en particular y españoles en general. Aún no nos hemos dado cuenta de que un patrimonio cuidado, acondicionado para las visitas, “puesto en valor” (como se dice ahora) es un recurso turístico de primer orden. Por supuesto esta tarea de musealización y recuperación no es la única necesaria, también están las infraestructuras, las ferias de turismo, las campañas publicitarias y los carteles (¡Ay, los carteles!).
La Región de Murcia cuenta ya con un clima paradisiaco (fuera de verano, se entiende) y con unas playas fantásticas, démosle a los turistas la oportunidad de conocer nuestros tesoros y quizás se animen a visitarnos.