María Trinidad Pérez de Miravete Mille nació el 12 de julio de 1947 en el número 5 —hoy 13— de la calle Alejandro Séiquer, en Murcia. Fue la primera de cuatro hermanos, aunque siempre tuvo una conexión muy especial con su hermano Gonzalo.

Retrato de Mari Trini
Mari Trini.
Portal de la casa natal de Mari Trini en la calle Alejandro Séiquer
El portal de su casa natal, en la calle Alejandro Séiquer, con la placa que la recuerda.
Placa conmemorativa en el número 13 de la calle Alejandro Séiquer
La placa conmemorativa en el número 13.

Se bautizó en la iglesia de San Lorenzo y su familia poseía dos casas en Singla, pedanía de Caravaca de la Cruz, donde pasaba largas temporadas. Tal vez por eso, la Wikipedia y otros medios insisten en situar su origen en Caravaca, aunque Mari Trini fue, sin duda, murciana de nacimiento y de corazón.

Escalera del portal de la casa natal de Mari Trini
La escalera del portal de la casa natal.

Su linaje también la vinculaba al arte: era descendiente directa del escultor Francisco Salzillo, el gran imaginero murciano del siglo XVIII. Su familia pertenecía a una rama de la aristocracia y su infancia transcurrió entre la tradición y la cultura.

En 1953, cuando tenía seis años, la familia se trasladó a Madrid por motivos laborales de su padre. Poco después, Mari Trini fue diagnosticada con nefritis, una enfermedad grave en aquella época. Permaneció recluida en cama durante ocho años, desde los seis hasta los catorce. Aquel largo confinamiento, sin embargo, cambió su destino. Durante su recuperación aprendió a tocar la guitarra y descubrió que la música sería el centro de su vida.

Mari Trini comenzó a formarse con el guitarrista de Los Brincos y pronto empezó a presentarse en concursos y pequeños escenarios. En uno de esos locales madrileños fue descubierta por Nicholas Ray, el célebre director de Rebelde sin causa.

Ray quedó fascinado por su voz y su magnetismo. Gracias a él, Mari Trini viajó a Londres y más tarde se instalaría en su ciudad más amada: París, donde continuó su formación artística y comenzó a componer de manera profesional.

En 1965 su vida dio un giro trágico: la enfermedad de su padre la obligó a regresar a España. Tras su fallecimiento, Mari Trini le dedicó una de sus composiciones más sentidas, Un hombre marchó, una canción que revelaba la profunda conexión emocional que los unía. Compartían pasiones, como los coches y la mecánica, pero sobre todo una relación marcada por el afecto y la admiración mutua.

A lo largo de su carrera, Mari Trini compuso cerca de trescientas canciones, explorando temas como el amor, la libertad y la identidad femenina con una sensibilidad poco común.

Su gran consagración llegó con el disco Amores, que la consolidó como una de las voces más personales de la música española. Su voz desgarrada y su autenticidad la convirtieron en una artista inconfundible. Pero más allá de su talento, Mari Trini fue también un símbolo de independencia: fue la primera mujer en cantar en pantalones en televisión, un gesto sencillo que en su época se convirtió en un acto de rebeldía.

No solo rompió moldes musicales, también derribó estereotipos. En una época en la que las mujeres luchaban por su espacio en la sociedad y en la cultura, ella alzó la voz con canciones que hablaban de sentimientos reales.

Su legado sigue vivo en cada acorde, en cada verso y en cada mujer que, gracias a ella, entendió que ser libre también es una forma de arte.

Mari Trini no fue “esa” que cantaba en su tema más emblemático. Fue una mujer adelantada a su tiempo, una artista irrepetible y la voz más libre que ha dado Murcia. Se merece que le den muchos más homenajes en su tierra.


Este artículo se publicó en el n.º 85 de RCMagazine (enero de 2026), la revista cultural del Real Casino de Murcia.