Aunque probablemente fue conocida por los chinos, la pólvora llegó a Europa de manos de los árabes, que la usaron posiblemente en España en el siglo XIV, si bien existen referencias aisladas a su conocimiento anterior. También los alemanes veneran al monje alquimista Berthold Schwarz, como inventor de la pólvora, a quien dedicaron una estatua en su ciudad natal de Friburgo, en la Selva Negra.

Lo cierto es que la mezcla de carbón, azufre y nitrato de potasio cambió totalmente el panorama bélico europeo constituyendo un elemento básico y estratégico tanto para la industria bélica como para la ingeniería. Hasta el invento de los explosivos más modernos (nitroglicerina y dinamita, en el siglo XIX) la pólvora era el detonante necesario para las armas de fuego.

El carbón y el azufre resultaban fáciles de obtener, pero el nitrato de potasio requería de un sofisticado proceso de refinamiento a partir del salitre común. El elemento base se obtiene de yacimientos naturales más o menos frecuentes, pero su uso industrial requiere de sucesivos lavados en frío y caliente para desprenderlo de polvo, sales, arenas y otras impurezas. Célebres científicos como Lavoisier dedicaron sus esfuerzos a estudiar el proceso de refinado de esta sustancia. Aunque había distintos métodos de elaboración, como explica Martínez Rueda en su arte de fabricar el salitre y la pólvora, de 1833, todos ellos pasan por agregar al producto natural grandes cantidades de agua a distintas temperaturas y posteriormente dejar secar hasta obtener los cristales de nitrato. Agua y sol son los elementos necesarios para estas operaciones y quizás por ello alguien decidió, en 1637, ubicar en las afueras de Murcia, a orillas de la Acequia Aljufia, junto a la llamada “Torre del Junterón”, hoy Casa López Ferrer y museo de la Ciudad, la factoría real de salitres, más conocida como Fábrica de la Pólvora. La factoría estuvo en funcionamiento hasta finales del siglo XIX, siendo fundamental en el aprovisionamiento de las tropas, según cuenta Antonio Botías, en la guerra de Independencia, cuando el pueblo español, en un raro ejercicio de patriotismo, probablemente equivocado, expulsó a las tropas napoleónicas de la península y proclamó la primera constitución liberal de nuestra historia.

La antigua Real Fábrica de Salitres tras su tapia
La antigua Real Fábrica de Salitres, tras su tapia.

Se trata la Real Fábrica de Salitres de un edificio de estilo clásico, enmarcado en un enorme solar, buena parte del cual se transformó en 1987 en el llamado Jardín de la Pólvora, en cuyo entorno se encuentra -junto a la vecina casa de López Ferrer- el Huerto Cadenas, único jardín árabe que se conserva en la Ciudad. En su perímetro se incluye la ermita del Vía Crucis, que recientemente ha quedado separada de la fábrica por un vial circulatorio.

Edificio principal de la fábrica de la pólvora
El edificio principal de la fábrica.
Piedra con la fecha 1654
Una fecha, 1654, en la piedra.
La ermita del Vía Crucis con su cúpula de tejas vidriadas
La ermita del Vía Crucis, con su cúpula de tejas vidriadas.

Ambos edificios, de propiedad privada, la vieja fábrica de principios del XVII y la antigua ermita de finales del XVI, se encuentran abandonados, sucios, pintarrajeados y arruinados. Ruinas así resultan incomprensibles en el pleno centro de una ciudad que pretende venderse como destino turístico y que, a pesar de los destrozos urbanísticos, aún tiene rincones que ofrecer al visitante. Cuesta entender que se haya hecho un importante esfuerzo en el entorno (Museo de la Ciudad, Huerto Cadenas, Jardín de la Pólvora) y que la Administración no haya podido exigir al propietario la conservación y “puesta en valor” (como se dice ahora) de dos edificios que cuentan con más de 300 años de historia y que podrían servir de foco cultural a la zona, y en caso de que el propietario no acometa las obras, expropiarlos para el patrimonio común.

Portada de la ermita del Vía Crucis llena de pintadas
La portada de la ermita, llena de pintadas.
Interior abandonado del edificio
El interior, abandonado.

Tampoco es raro, por desgracia, encontrar edificios históricos abandonados y grafiteados en el centro de la ciudad. No en vano la ciudad es considerada, en algunos rankings, como una de las más sucias de Europa. Ojalá los políticos de todo signo tomaran conciencia de la necesidad de mantener un entorno urbano cuidado si queremos que nos visiten los turistas.